Branding jurídico

La marca, sea de un profesional, de un despacho de abogados, un catedrático, una editorial o una facultad de derecho, no solo hay que crearla, sino también, gestionarla.

Saber dónde tiene que estar presente una marca, en que ámbitos, contextos, eventos, actividades, publicaciones, medios de comunicación, congresos, es esencial para alinear la estrategia de comunicación y marketing. También, para ganar (o perder) en reputación y posicionamiento dentro del mercado.

Asimismo, definir quién será el embajador de esa marca en cada contexto es esencial para que la táctica tenga efectos.

El nombre del estudio jurídico

“Un buen nombre es lo más importante que uno puede tener”, decía la publicidad de un importante banco (que años después cambió de nombre).

Ese mismo fenómeno se da en el mercado jurídico. Las firmas, por distintos motivos, cambian su denominación varias veces a lo largo de su ciclo vital y eso no impide que un buen nombre sea realmente importante.

Cambia la estrategia de nominación en función de los perfiles de sus integrantes (cuántos son conocidos en el mercado, o tienen cartera de clientes, o son referencia, o tienen un track record que marque una real diferencia), del contexto en el que se mueva (metrópolis, ciudades chicas) y del área de práctica (familia, empresarial, etc.).

La tendencia, al final del recorrido, es que las firmas terminen siendo conocidas por el primer apellido que aparece en el cartel o por las siglas que lo representen.

No menor, al momento de tomar la decisión habrá que chequear la disponibilidad del dominio en Internet.

Eso, para no tener que reinventar la marca una y otra vez.

La sopa está de moda

En una curva que vuelve a mostrar crecimiento, los newsletters de estudios jurídicos dicen nuevamente presente, luego de un período en que retrocedieron en el mercado legal, producto del hastío que generaron en sus receptores.

Lo cierto es que alejados de la imagen de la sopa lavada que tomaba Mafalda, el personaje de Quino, los boletines jurídicos intentan parecerse cada vez más a esas sopas combinadas, sustanciosas, que recomiendan en cualquier dieta como aperitivo, y que nutren al consumidor.

Contenidos adecuados a los destinatarios, lenguaje accesible y acorde a los tiempos 2.0 y un trabajo de imagen que acompañe disminuyen las chances del “otra vez sopa!”.

Comunicación interna: ¿el patito feo?

Las organizaciones en general -y los estudios jurídicos en particular- suelen prestarle más atención a la comunicación externa que a la interna. Existen distintas motivaciones para ello, pero la asociación a la reputación, al marketing y, por ende, a las ventas y cuotas de mercado son los disparadores iniciales.

Lo cierto es que en una firma con distintos niveles de profesionales, especialidades y cartera de clientes, desatender la comunicación interna es un frente de peligro real.

Sucede que los principales voceros de una organización son sus propios empleados. Cuando ellos hablan bien de sus jefes, compañeros o subordinados; cuando hablan de la firma en la que pasan la mayor parte del día de manera elogiosa; cuando se comprometen con los valores y los hacen propios, contribuyen a solidificar la imagen del despacho.

Ahora, cuando más frecuentemente hablan de todo ello, pero mal, el efecto es exactamente el contrario.

Luz, cámara, acción

Cada vez más, los abogados y estudios jurídicos dan el paso a las pantallas, sean de televisión, sea de plataformas como YouTube o Vimeo.

¿Qué buscan? ¿Reconocimiento? ¿Posicionamiento? ¿Clientes?

Cualquiera sea el caso, hay que tener presente que la cámara amplifica el mensaje. De allí, la importancia de la claridad y pertinencia de lo que se diga.

En el fondo, si los abogados lo que venden es confianza, lo que deberían hacer es transmitir ese aplomo, cercanía y control de situación a través de la pantalla que elijan para exponerse.

Para ello, tener en claro lo que se va a decir, guionarlo y practicarlo suele ser una buena fórmula hacia el éxito.